La fachada parece cualquier cosa menos una clínica, rematada por un letrero lleno de palabras incomprensibles, para mí más parecido al típico rótulo de bar de barrio “Casa Pepe” que a cualquier edificio remotamente relacionado con la sanidad. Pienso todo esto rápidamente mientras subo unas frías escaleras hasta la segunda planta.El ambiente es impersonal a lo largo de toda la estancia con un corredor largo y estrecho que lleva hasta una sala de espera de colores tenues entre verdes y azules de un silencio estremecedor.

El olor es otro factor característico, entre desinfectante y botica, aséptico y fresco gracias a un pequeño aire acondicionado que regula la temperatura a largos intervalos mientras el personal que espera lo hace entre el silencio y desasosiego de la incertidumbre, con caras que van desde la preocupación hasta el dolor pasando por la indiferencia.

El silencio reinante es roto por el crujir de una puerta que se abre repentinamente y da paso a una señora de cierta edad que habla despacio y sin melancolía a los pobres diablos que esperan su turno para el matadero. Da indicaciones a diestro y siniestro y como buen manijero maneja e informa a los presentes con papeles y recetas varias, según el caso.

Gozar de buena salud da a uno la oportunidad de no pensar mucho en estos momentos de bata blanca, guantes de látex y mascarilla, uno da por hecho que la vida pasa sin pisar la consulta, el departamento de rayos, los pronósticos y las píldoras de nombre impronunciable pero igual que un accidente de tráfico rompe con ruido seco y metálico una racha de buena suerte, cualquier día uno acaba frente al bisturí.

Afortunadamente, en este caso la cirujía no es de las peores, 45 minutos en el potro de tortura, sangre, cuatro puntos y un postoperatorio doloroso desde que los benditos narcóticos se escapan lentamente del cuerpo. El cirujano, al que gracias a un interprete puedo entender, dice que ha sido complicado pero en cinco semanas sano como una manzana, cuanto antes mejor que el fin de semana tengo boda.


Por designios del destino uno acaba en una boda en la Eslovenia profunda, es julio y el calor resalta a mediodía al igual que el verde brillante que cubre el paisaje. Nunca he sido un amante de las bodas me parecen un verdadero coñazo pero en el caso de tener que asistir el menú es un aliciente que en Eslovenia está garantizado. Y es que dos cosas son muy importantes para un evento de esta categoría, el vino y la comida.

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Detalles en una de las muchas viñas que cubren el Valle de Vipava.

Muchos no conocen el excelente valor de los caldos eslovenos, especialmente blancos y tintos, son de las mayores ventajas de este pequeño país de fuerte carácter y deleite por una gastronomía tradicional donde la carne es el principal protagonista siempre acompañada del producto estrella que nunca falta en la mesa en todas sus variantes, la patata.

Una gastronomía con fuertes influencias mediterráneas pero también centroeuropeas que es un placer para el paladar, de sabores intensos y profundos con platos como goulash (una ternera en salsa que se acompaña a menudo con pasta), asados de todo tipo, proscciutto, jota (sopa de coles), Gnochi y dulces como Pasta Krenma (muy típico en uno de sus lugares más emblemáticos Bled) o Strudel… Dando gran importancia al producto y materia prima local de calidad y el respeto a la receta tradicional.

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Strudel

La primera semana en Eslovenia me deja un balance extraño para comenzar un viaje, una muela menos y una boda más, quien sabe que puede ser lo próximo.

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